LA ÚLTIMA MOVIDA DEL DIABLO - 2020HOY

LA ÚLTIMA MOVIDA DEL DIABLO

Carlos Ibarra periodista 2020hoy

En el infierno se juega la última partida de ajedrez. Una en la que está en juego la vida misma.

Convocados por el diablo, un gran sector del poder político y económico colombiano movió sus piezas con maestría perversa. Y logró lo impensable.

En lugar de legalizar las drogas, para que la libre oferta cierre el círculo de máximo lucro que justifica el negocio más corruptor de la historia humana, esta “gente de bien” jugó en la institucionalidad, movió sus fichas y legalizó el narcotráfico. Es decir, lo hizo otra rama del poder público.

El hijo nació paria, y esquizoide, fruto de un retruécano político de fina construcción y el cálculo de una mente fría y enferma, con grandes pecados por encubrir.

Sí, en Colombia ya hay signos marcados, cada vez más notorios, de que ese enroque malévolo y perverso echó raíces y se enquistó en lo más profundo del Estado.

No es coincidencia que, cada vez más, altas personalidades de la vida política, económica, la farándula, los medios…aparezcan involucradas en actos propios del narcotráfico, enredados con decenas de kilos de coca capturados por “despistados agentes antinarcóticos”.

Lo de los despistados se entiende, porque si bien la red pone y usa el establecimiento al servicio de sus intereses, no significa, y en eso hay que hacer total claridad, que todos quienes fungen como servidores del Estado sean partícipes directos de los negocios oscuros y sus lavados dividendos.

No, la maestría de la estrategia radica en hacer que todo el establecimiento y sus agentes le sirvan como pararrayos ante posibles cuestionamientos o leves sospechas, que puedan llegar desde afuera del “gremio”, porque ellos son la impoluta institución hecha carne.

¿Quién se atreve a criticar o dudar de quienes libran tan agresiva lucha antidroga en el mundo?

Todo un andamiaje oculto en lo normativo, pero desde adentro ataca a la normatividad legal, en cumplimiento de su más caro propósito: refundar la patria sobre la filosofía del bandidaje.

No es fácil entender cómo se teje esta filigrana de poder político, económico y social que, además, aprovecha la globalización como vehículo natural de expansión y control.

Tuve que apelar al mundo científico médico, para buscar una explicación didáctica que me permitiera comprender todo su entramado de corrupción. Un documento de la American Society of Clinical Oncology aprobado a su vez por la Junta Editorial de Cáncer, en marzo de 2019[1], concluyó que, solo cuando las células cancerígenas se han diseminado a una parte del cuerpo distinta de donde comenzó, se puede decir que el cáncer hizo “metástasis” o es “cáncer metastásico”, un “cáncer avanzado” o un “cáncer en estadio 4”.


[1] https://www.cancer.net/es/desplazarse-por-atencion-del-cancer/conceptos-basicos-sobre-el-cancer/%C2%BFque-es-la-metastasis

La metástasis, palabra invariable o de forma única, tanto para el plural como para el singular, normalmente se desarrolla cuando las células cancerosas se desprenden del tumor principal e ingresan al torrente sanguíneo o al sistema linfático.

Y sucede porque esos sistemas transportan fluidos por el cuerpo. Es decir, que las células cancerosas pueden viajar hacia un lugar alejado del tumor original y formar nuevos tumores cuando se asientan y crecen en una parte diferente del cuerpo.

Así funciona este cáncer mafioso en Colombia. Tiene vida propia, se disemina por todo el cuerpo del Estado, y cada célula cancerígena hace metástasis y ataca los órganos que le dieron vida a su simulado origen de legalidad.

Su elaborada filigrana y su poder corruptor persiguen la eliminación de toda expresión viva que defina la decencia de la sociedad democrática. Porque ese es su peor enemigo.

Su objetivo es que no quede encendido un solo rescoldo social e institucional fundado en los más sólidos principios liberales de la humanidad.

Esquizofrenia pura, propia de su racionalidad mafiosa, porque de un lado invoca el respeto de las instituciones, y del otro apela a su accionar solapado para borrar de un tajo, y sin dejar rastro, cualquier principio o valor ético y democrático.

De ahí la persecución a la prensa libre e independiente, las matanzas sin freno contra líderes sociales y jóvenes, a quienes les exigen una lectura crítica de la sociedad, y luego los mata, tortura, viola o desaparecen, por utilizar esa criticidad para pedir salidas concretas a problemas concretos.

¿Y quiénes están detrás de este juego de manipulación y corrupción sin medida? Pues, su núcleo es un grupo muy cerrado de personalidades del país, ubicados en puestos estratégicos de control social, político, económico y diplomático.

Son bandidos de cuello blanco, con amplia capacidad de maniobra, inmenso poder económico, por lo general de origen desconocido, o conocido, pero poco o nada cuestionado.

Cautelosos al absorber a todo aquel líder que, en busca de dinero fácil y a cualquier costo, tienen pecados por excomulgar. Y así se hicieron al manejo legislativo. Luego, se cuidaron de ubicar a sus fichas en las áreas decisivas de los órganos de control.

Y terminaron por sacar el mejor provecho de esas debilidades y pecadillos. Con chantajes, sobornos y, en algunas oportunidades invitaciones a participar de algunas migajas del pastel servido, captaron a cuanta crápula estaba disfrazada de servidor público.

Crearon la mayor red delictiva que agrupa a bandidos de todas las calañas, bajo el amparo de lo institucional. Y una vez negociados con el diablo, conjuraron cualquier indicador de rebeldía en sus toldas. Sus pecados los atan.

Faltaba controlar al pueblo. Entonces se infiltraron en los partidos, auscultaron a profundidad sus debilidades y vergüenzas, aprovecharon sus más profundos miedos, y fueron a las urnas vestidos como los nuevos evangelizadores.

Así, sin hablar como bandidos, sin vestirse como tales, sin comportarse como mafiosos, se hicieron al poder, y hoy legislan y gobiernan, juzgan y sancionan. Pero son mafiosos, y volvieron a inundar de sangre, mentiras y terror a Colombia, convertida, además, en una gran lavandería de dinero sucio.

Es gente de bien, que pasa desapercibida. Pueden ser sus vecinos o vivir como una familia común, con grandes aspiraciones, que vive en un barrio de clase media alta.

Podrá ser un general o un coronel de la patria, un ministro, un reputado banquero… Siempre tan capaces de moverse en las altas esferas, y lo que es peor, pasan inadvertidos ante las autoridades antinarcóticos del mundo. ¡O tal vez sean sus cómplices!

Esta duda me hace recordar la película Sicario: Tierra de nadie, estrenada en mayo de 2015 para el Festival de Cine de Cannes, bajo la dirección del afamado Denis Villeneuve, y guión de Taylor Sheridan.

La cinta, protagonizada por Emily BluntBenicio del Toro y Josh Brolin, fue un thriller de acción apasionante que no se quedó en la superficie al ofrecer la peor cara de la lucha contra el tráfico de drogas.

En sus papeles como agentes antinarcóticos, Blunt y Brolin entran en shock al descubrir que su nueva misión se ejecuta sin reparos hacia la soberanía nacional, el estado de derecho o la decencia humana más elemental.

Ya avanzada la película, Alejandro (Benicio del Toro), confiesa que no hay buenos ni malos en el mundo, sino manadas de lobos que compiten por territorio y dominio, y las autoridades de Estados Unidos son una de esas manadas, y actúan por interés propio y no en nombre de la justicia ni de la seguridad.

Además, confiesa que la operación es parte de un plan definitivo para eliminar toda la competencia de los cárteles, lo que resultará en un solo cártel que Estados Unidos controlará con facilidad.

Pero es solo ficción. Volvamos a nuestra realidad. Son los resultados abismales entregados este viernes 25 de junio en el informe anual sobre cultivos de coca y la producción potencial de cocaína en Colombia, Perú y Bolivia, presentado por la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas, de la Casa Blanca.

Según el documento, en Colombia, con 245 mil hectáreas sembradas, hubo un aumento récord de cultivos de coca de casi el 15 % en el último año, es decir, que se alcanzaron los niveles más altos de la última década, además de una producción de 1.010  toneladas métricas de cocaína.

En comparación, durante 2019 se registraron 212.000 hectáreas, y en el mismo periodo se pasó de 936 a las 1.010 toneladas de producción potencial de cocaína, según el mismo reporte.

Sin embargo, y hay que decirlo, el informe de la Casa Blanca difiere del reporte de la Oficina de la ONU contra las Drogas y el Delito en Colombia, UNODC, según el cual, las plantaciones de hoja de coca disminuyeron por tercer año consecutivo, y pasaron de 154.000 hectáreas en 2019, a 143.000 en 2020. Pero coinciden en el crecimiento de la producción de cocaína.

Sí, el diablo hizo su última movida. Hay un nuevo cartel de narcos colombianos. Son gente de bien, de bajo perfil; educados, si se quiere. A primera vista, poco o nada sospechosos.

Es decir, son bandidos, sin parecerlo. Aunque siempre serán culpables de grandes atrocidades. Y la comunidad internacional tiene que saberlo. ¿O son sus cómplices, como en la película?

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